Caminamos descalzos por la vida, pisando piedras y cemento, sonriendo al viento, respirando profundamente y viviendo los días como si fuese el último, emocionandose con las cosas bellas que estanos da, sonrojándose, con ese tono que me recuerda a ti, a tus ojos amarillos, tu mirada tranquilisadora y tu presencia infinita. Esa presencia que me reconforta, que logra llenar cada vacío que hay, aunque nadie lo sepa, existen muchos en esta vida, quizá en otra no. Pero ahora me encontraron y se apoderaron de mi, recuerdos de niñez, cosas que hubiese querido saltarme, personas que se fueron, siendo que nunca debió de ser así, muchos que no alcancé a conocer, y hasta el día de hoy mi vida es triste por eso... Todos esos vacíos, frustraciones y recriminaciones a tu lado no son nada, logro ser mucho más que ellas, logro ser suficientemente fuerte como para decidir seguir jugando. Seguir con algo, al cual nadie le tenía fe, admito que en algún momento mi fe se desgasto, y cada vez que ocurría algo así, había una señal tuya, lo que hacia que esta fe ida, reapareciera, y que volviera a mirarte en silencio, sin que me vieras. Y así pasaron muchos días, buscando por ahí y por allá que era de ti, y tu mirada conciliadora, hasta que un día te encontré, a ti y a tus ojos amarillos, y nunca más me volví a separar de ti.